Crítica Teatral LA POST-LULÚ o la pena tecnológica

Crítica Teatral Agustín Letelier

ARTES Y LETRAS, El Mercurio – Domingo 25 de Diciembre de 2016

“La Post Lulú o la pena tecnológica” y “El Lobby del Odio”

GALEMIRI AHORA CON DOS OBRAS POLÍTICAS

Agustín Letelier

En este diciembre hemos tenido dos estrenos de Benjamín Galemiri: en Matucana 100, como celebración de sus 15 años, con dirección de Rodrigo Bazaes, se estrenó “El Lobby del Odio”, y luego “La Post Lulú o la pena tecnológica” – dirigida por Francisco Martínez, que estuvo dos semanas en el Teatro Camino y que vuelve del 27 al 30 de diciembre a Matucana 100. En ambas obras Galemiri asume una dura posición crítica al sistema político y social.

Hasta ahora, en las obras de Benjamín Galemiri lo político podía estar implícito pero no era su tema. Su preocupación constante han sido las relaciones del poder y las apetencias sexuales de quienes lo detentan, tema político en sí, pero visto más bien desde el plano privado, moral y filosófico. Ahora le ha dado otra orientación: hasta dónde nos ha llevado el afán consumista, propio de las derechas, y a qué extremos ha llegado la arrogancia de las izquierdas. En primer plano están las desmesuras de sus personajes, en el fondo está el dolor por las relaciones deshechas.

Las dos son obras de discusión intelectual, predominan los monólogos en que sus personajes piensan cómo llegaron a su desencuentro amoroso, qué los condujo a la fascinación y luego al alejamiento y hasta el odio. No tienen claro qué pasó, el autor relaciona sus historias con las de personajes de otras obras clásicas y recuerda que han reflexionado sobre ellas grandes pensadores, los cita y produce parlamentos con referentes difíciles de seguir en la representación. Producen pesar porque uno puede comprender que son dolores verdaderos del autor, y también de miles de personas atraídas por tentaciones que la realidad esfuma. Después llegan la soledad y la frustración.

Los dos directores han optado por crear espacios visuales atrayentes en los que los diálogos adquieren resonancias especiales. En “La Post Lulú o la pena tecnológica”, el director Francisco Martínez analizó con cuidado la estructura de la obra y la realzó por medio de audiovisuales y de un dispositivo escénico que es en sí mismo una instalación de arte. Con sencillo material plástico que hace bajar desde ambos costados, llena todo el escenario con una textura sinuosa en medio de la cual queda incorporada la actriz. Sorprenden la fuerza y matización con que Macarena Andrews articula su monólogo de Lulú, deja en claro que el texto es lo central. La trágica historia de Lulú parte con su nacimiento “en este basurero detritus llamado Neo-Capitalismo y Neo-socialismo”… “la economía en lo macro es una burla sistémica de la arrogancia de la clase política global”… es un país en que se roba, circulan facturas falsas y se ha llegado a un punto en que izquierda y derecha ya no son enemigos políticos porque son la misma cosa. Una entrevista real al dramaturgo alemán Heiner Müller, con adaptada traducción, apoya la línea de metateatro que tiene la obra.

En “El Lobby del Odio”, Rodrigo Bazaes hace ingresar al escenario a los dos protagonistas en un andarivel de esquiadores que asciende entre montañas nevadas. Llegan a la atractiva blancura de la nieve. Se entiende que es un laboratorio en el que buscan crear la vacuna para erradicar el flagelo del consumismo. Si lo lograran merecerían un Premio Nobel. Jerome es un chileno que obtuve una beca para estudiar en París, y allí su compañera de investigación, Esther, atraída por su hirsuta sensualidad, lo llevó a su departamento y así pudo quedarse más tiempo. Pero lo que fue una apasionada relación se deteriora por el descontrolado consumismo de Jerome y por su incontinencia sexual, tuvo relaciones con la mejor amiga de Esther y hasta con su septuagenaria madre. A su vez, Jerome piensa que el mundo estaría mejor si se lograra erradicar el arrogante socialismo de Esther. Tichi Lobos interpretó con gracia y energía a esta investigadora francesa cuyos exitosos trabajos la llevan a obtener el Premio Novel; Gregory Cohen otorgó a su personaje el necesario aspecto latinoamericano, más dado a pasarlo bien que a la ciencia. Central en el lenguaje de Galemiri son las didascalias, para las que Rodrigo Bazaes, con gran acierto, creó dos personajes que las dicen en medio de atrayentes movimientos. Destacan la voz de Nicolás Zárate y la sensualidad de Catalina Cruzat.

Galemiri mantiene el estilo que le es característico, con las didascalias incorporadas a la acción. Los parlamentos continúan siendo centralmente discusión de ideas, las palabras de la Torá, de los cabalistas, de filósofos y creadores de arte aparecen con ironía en sus personajes, que ahora están indignados ante la realidad política. Con las imágenes centrales de las dos obras interpreta a este convulsionado mundo en el que múltiples manifestaciones políticas y de violencia muestran cómo se han instalado la amenaza, la anarquía y el descontento.

Crítica Teatral Leonardo Navarro A

CULTURA – Revista Comunidad Judía-Chilena

“LA POST-LULÚ O LA PENA TECNOLÓGICA”: LA FURIA DE GALEMIRI

Leonardo Navarro A.

Se terminó marzo, con toda su mala fama. Pero marzo es también el mes de la mujer y eso no es tan malo ¿o sí? A propósito de la mujer, el jueves pasado, con una asistencia activa, que a ratos me puso en las cuerdas, discutimos las “Visiones de la mística acerca de lo femenino”, llegado a interesantes conclusiones sobre el verdadero papel asignado a las mujeres en la mística judía. Las mujeres salieron felices, los hombres tal vez no tanto.

También a propósito de las mujeres, el fin de semana pasado hubo una corta temporada en M100 de la obra de Benjamín Galemiri “La Post Lulú o la pena tecnológica”.

Se trata de un monólogo que es una re-elaboración de ese mítico personaje de Lulú, la prostituta (“La caja de Pandora”, novela de Frank Wedekind; el film de G.W. Pabst; la ópera de Alban Berg), que bajo la mirada desencantada y furiosa de Galemiri, transita ahora por la historia de los últimos 50 años del siglo pasado y se sitúa en nuestro siglo XXI (violada por un falso padre, vendida por un judío, casada con un millonario de los medios de comunicación, presa por asesinato, falsamente exiliada en París y radicada en Berlín junto a un dramaturgo alemán, entre otras erradicas por momentos claves de la historia reciente).

Dice Galemiri: “La Lulú es un mito que viene de otros mitos y está atravesada por la tecnología porque la conocemos por el cine” y agrega “Juntar pena y tecnología me pareció una metáfora muy teatral.”

La diatriba de Galemiri, encarnándose en el cuerpo lujurioso de Lulú, se dirige, centralmente, a la política y la cultura chilenas (en algún momento el personaje se independiza incluso de su autor, para criticar irónicamente al propio Galemiri y a través de él a la dramaturgia contemporánea).

Una obra que viene muy bien como cierre del mes de la mujer. Como dijo el autor en alguna entrevista: “La historia de la humanidad es contada por hombres y surgieron mujeres que produjeron pensamientos muy profundos y como son más generosas, les entregaban esos pensamientos a los hombres. La mujer tiene un pensamiento político muy potente, pero que lo regala y ahora va a aparecer esta Post-Lulú con este vómito sexual, erótico, pero muy político.”

Una obra dolorosamente divertida que remueve nuestra memoria, la memoria histórica y el presente de nuestro país. Un apretado manifiesto político y estético (¿acaso se pueden separar?, ¿puede haber una estética que no sea política? Galemiri parece decirnos que ambas son una sola y única cosa, desde los campos de exterminio hasta el exterminio neoliberal y la mercadotecnia de una transición engañosa), un monólogo que sintetiza lo que desde sus primeras obras viene lanzándonos a la cara Galemiri, con su ironía, su desparpajo, sus contradicciones, su verborrea sefardí-kabalística, sus referencias a la cultura, al cine y sus estrellas, su pesimismo siempre iluminador.

Ponerse la máscara de Lulú, le permite a Galemiri insistir en otro de sus temas clásicos: la manipulación del sexo, la manipulación del cuerpo deseante (de los cuerpos deseantes) como mecanismo de poder, ¡el poder!, aquí radica el eje del discurso galemiriano, el poder sobre los cuerpos mediante el sexo, la tortura, el mercado, el dominio sobre los cuerpos desde los campos de exterminio hasta el Chile actual, una sociedad que pasa de la derecha a la izquierda “de taquito” y todos terminan defendiendo el status quo.

Es sin duda una diatriba terrible y sin embargo sumamente divertida, que nos hace preguntarnos ¿de qué me río? (ya Chaplin postulaba que la mejor forma de criticar era provocando la risa. Algo parecido sostenía Brecht). Su tono nos recordó por momentos las diatribas de algunos poetas del Siglo de Oro español o la procacidad del carnaval medieval.

Lulú, como muchos personajes de Galemiri, busca desesperadamente su redención, llevando hasta las últimas consecuencias su deshumanización, imprecando con gritos deslenguados a todos los artífices de su (de nuestro) pasado. ¿Lo logra? En algún sentido pareciera que sí, llevando su diatriba hasta el límite: “No, no estuve en Villa Grimaldi. No, no estuve en la parrilla. No, no estuve en el Estadio Nacional. No, no fui detenida ni desaparecida. No, no fui perseguida por la dictadura militar chilena. No estuve en Treblinka. Pido perdón por no haber estado en aquellos dispositivos musicales. (Dirigiéndose a Galemiri): Pero tú tampoco huevón… Todo el mundo estaba callado. Nadie decía nada cuando asesinaban a los disidentes en Chile… porque la sociedad estaba con pus…” y finalmente nos grita: “Se acabó la complicidad…”

Así me golpeó Lulú, pero con Galemiri muchas lecturas son posibles, incluso lo contrario de lo que parece decir.

Una adecuada y atractiva puesta en escena dirigida por Francisco Martínez, apoyada en la emotiva actuación de Macarena Andrews, los diseños de María José Araya y la creatividad audiovisual de Dominga Bofill.

Hay una grabación de una función en Youtube.