(ceremonia) Teatro Incunable – Cuando el sentido nace en la provocación de mis sentidos

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El día 6 de Septiembre estuve a las 9 de la noche en punto en la esquina señalada entre dos calles de nuestro Santiago, iba a ver una obra de teatro (ceremonia) de Teatro Incunable. Mi amigo Juan Pablo me había invitado, me dijo que teníamos que verla, que Paula Acuña titulada del programa de Magíster en Dirección Teatral de la Universidad de Chile era la directora y que él creía que tenía mucho que ver con lo que él estaba intentando encontrar. Para mí, con eso era más que suficiente. El teatro debe ser un encuentro entre aquellos que hacen y aquellos que somos invitados a esa fiesta… Con que una persona tenga el deseo suficiente para invitar a otra, la tarea ya se ha cumplido y tenemos un público.

Solo 6 personas podían asistir por función, el precio de la entrada cubría la comida y algo para beber… Me pareció divertido y comencé a hacerme la idea de ir a la casa de alguien y participar de algo que algunos a veces previenen de llamar teatro, como si el teatro siempre ocurriera en otro lugar… Algo así como Escena Doméstica, algo así, como estos nuevos-viejos movimientos que siempre y cada cierto tiempo hacen del arte algo íntimo, hacen del arte una razón para también ser parte y escapar del deseo de esconderse en la seguridad de las sombras de una sala, donde nadie me ve y parece tener pequeña importancia qué es lo que veo.

(ceremonia) fue una experiencia maravillosa. A las 9 en punto Paula nos buscó en la calle, esperamos un momento que otros invitados llegaran y nos llevó a su departamento. Nos contó que su jardín era una pequeña planta a la entrada de su puerta y que el estacionamiento lo conformaba la bicicleta encadenada a la baranda de la escalera. Tocó el timbre y comenzó la función o quizás ya había comenzado cuando decidí salir de mi casa, tomar el auto, estacionarme a una cuadra y vivir esta experiencia.

Andrés Acevedo, Daniela Burgos y Pablo Dubott celebran esta (ceremonia), entre paréntesis porque es otro tipo de celebración, no la evidente, fácil y transparente, sino aquella que nos invita permanentemente a descubrir qué es lo de mí que conecta con el juego propuesto. Andrés, gran anfitrión de la reunión, nos invitó a pasar al living, yo me senté en el sillón del centro y cada elemento de este lugar, la biblioteca atiborrada de libros, las luces suaves, la mesa para comer y una televisión a un costado me recordaron que estaba en una casa, en una casa que se podía parecer mucho a la mía o a la que me gustaría tener, a una casa donde vivía gente, en la cotidianidad de su intimidad y de repente, esta casa se volvía cuerpo, escenario, espacio creativo y yo sin cambiar cambiaba profundamente. Las cortinas fueron despejadas y la pequeña terraza se abrió para revelarnos la presencia de Daniela y Pablo, dos figuras extrañas, casi mellizas, casi andrógenas, casi fuera de este mundo, sin embargo llenos de él, sobre-cargados de él.

Reducir (ceremonia) a un relato lineal y narrativo es de algún modo perder su alma. Es una extraña fiesta, nos ofrecieron pisco sour y nos sirvieron una copa para participar del aperitivo de esta función. Todo fue una profunda experiencia estética, cargada de belleza y honestidad. El dolor estaba en cada esquina pero también la incuestionable verdad que éramos 10 en ese lugar, en esa noche, a esa hora, transitando este encuentro, como si ya supiéramos lo que iba a ocurrir, sin embargo, sorprendiéndonos en cada vuelta.

El tránsito fue muy interesante, suave y orgánico, sentados en el living, nuestra mirada divagaba libremente por el espacio disponible, la terraza, el comedor, la televisión, la biblioteca, el baño introducido a través de una cámara. ¿Quiénes era estas personas y por qué nos querían hacer parte de su historia? El sentido comenzó a revelarse en la medida justa en que nuestros sentidos eran estimulados. La fuerte voz del anfitrión nos provocaba, él parecía dominar el mundo, sin embargo, el mundo no era dominado por él. Recordé algo que usualmente llamamos libre albedrío y me parece que pocas veces nos detenemos a reflexionar sobre qué es. Este joven hombre y esta joven mujer se transformaban en dos marionetas dependientes de los deseos del anfitrión, su tenue singularidad se fue desvaneciendo y su lugar en el mundo comenzó a hacerse demasiado pequeño para existir. El anfitrión parecía cubrirlo todo, sin embargo, no a nosotros, su audiencia.

Nos invitaron a pasar a una habitación, en ella dos camas enfrentadas constituían el último refugio del hombre y la mujer. La pregunta era feroz, la respuesta parecía ser aún más difícil. Nos quedamos en suspenso, mi mirada recorrió las paredes de la habitación, poemas numerosos se unían a los títulos de libros de arte desplegados momentos antes en el living. El universo era otro universo.  El lugar era ese otro lugar, al que nos transportamos cuando la experiencia de vida es reducida a su mínima expresión, cuando somos consumidos por nuestra propia era. El tiempo era ese otro tiempo, el que nos inunda con su eternidad, donde todo es yo y yo me siento infinita.

Volvimos al living, la cena estaba servida y un risotto exquisito nos esperaba junto a una copa de vino. Un detalle simple lo anunciaba todo. El arroz estaba teñido de rojo y frente a cada plato una carta del Tarot Huachaca nos desafiaba. La sensación de sino, destino, hado era completa, sin embargo, precisamente ahí radicaba mi libertad. Recordé que Paula antes de invitarnos a su casa nos dijo que no dejáramos de comer. El público solía dejar los platos sin tocar y luego, la comida estaba fría y ya no era tan buena. Yo me lo comí todo, estaba delicioso, yo también comí, porque comer era darle la batalla al anfitrión, era recordarme, sentirme, pertenecerme, era ser parte sabiéndome entera. Comer era mi acto de rebeldía.

La obra terminó, no supimos si aplaudir, todo era tan dócil y desgarrador, sin embargo, bello. Nos pusimos a conversar, a conocernos. Alguien dijo que debíamos decir quiénes éramos, tenía sentido, habíamos transitado juntos por la intimidad de Teatro Incunable y en ese andar nuestra intimidad había quedado revelada, entonces, era hora de romper la comodidad de ser desconocidos, de reconocer el ruido interno y transformarlo, era hora de encontrarnos. Paula apareció y nos dijo que había terminado y nos acompaño a la calle nuevamente, quería recoger nuestras impresiones y darle tiempo a los actores para cambiarse y salir del frío de la terraza.

Ahí me enteré que todos son de Chillán, que poco a poco emigraron a Santiago, que se conocen hace años y que disfrutan de hacer trabajo juntos. Que este es un paso más en su búsqueda y no un acto aislado y me di cuenta del acto increíble que proponían. Abrir la casa propia, para desde ahí compartir su mirada de mundo y lanzar su propuesta.

Me recordé que hace algunos años, yo también participé en un estreno en una casa propia. Mi querida colega nos dijo, vamos a estrenar y lo haremos en el patio de mi casa, invitamos a los amigos, familia y vecinos. Celebramos, tal como el teatro demanda y luego comenzamos a girar.

El arte siempre quiere escaparse de lo que se llama arte. Apenas se nombra es hora de emigrar.

Sin embargo, no podemos dejar de trabajar desde la casa propia. A momentos nos parecen convencer que no la poseemos y que quedan 20 años de cuotas por pagar previo a poseer verdaderamente la llave. Es mentira. La casa propia del arte es el primer lugar, el más difícil, el más demandante, pero es ahí donde verdaderamente pasa algo.

Esta obra en un teatro no sería esta obra, ¿esto le quita valor? La complicidad vivida no sería posible en una sala, ¿esto la vuelve efectista? En absoluto. Solo nos enseña que el encuentro con otro requiere otras formas y búsquedas y que el sentido si está en la estética, en los cuerpos, en el lugar habitado, en los movimientos, en los gestos y no necesariamente en lo discursivo.

(ceremonia) tiene un fuerte discurso. Hay un trabajo arduo, una reflexión política, una clara manera de lidiar con nuestro Santiago sobre poblado, sin espacio, sin tiempo, sin intimidad. Sin embargo, no necesitan decirlo, necesitan hacerlo y necesitan que caminemos por ese recorrido que articulan.

He intentado no contar cuál es la fábula que nos reúne, simplemente porque creo que es gran parte del trabajo poder descubrirla y ver cómo toma forma y significado diverso en cada uno de los presentes.

Yo me fui feliz! Otros partieron con el corazón más apesadumbrado…

Yo me acordé que las ceremonias también son para eso, son para espantar los demonios sabiendo que otros están a nuestro lado.

Facebook: https://www.facebook.com/teatro.incunable?fref=ts

Para conocer las próximas funciones!

 

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